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De cuando dijimos Nunca Más y nos lo hicieron tragar otra vez.

(Me voy a salir de la temática de género, ligeramente, porque este tema es clave y hace a los derechos humanos de todxs. Ya volveré a mis queridos artículos feministas, pero en este momento no puedo callarme más).

Nunca pensé que fuese a tener que decir y vivir la palabra “desaparecido”. No pensé que mi generación tuviese que llegar a convivir con semejante significante (y significado). No imaginé que el signo se volviese realidad y encarnase algo que creímos que era una lección histórica por aprender.

Pero llegaron Jorge Julio López y Luciano Arruga. Llegaron las pibas chupadas por las redes de trata. Llegó Santiago Maldonado. Y nosotrxs tuvimos que aprender, también, a decir “desaparecido”. Adolescentes aprendiendo el significado de algo que nuestros padres, en su mayoría, apenas vislumbraron en su propia adolescencia.

La dictadura no la vivió mi generación pero sabemos que fue terrible. Yo, al menos, estoy convencida de ello y no tengo que gastarme en argumentar que fue una de las cosas más oscuras que sucedieron en el país. Y no digo que le tocó porque suena como si hubiese sido una situación externa impuesta por la arbitrariedad del destino, cuando en realidad se trató de un proceso histórico con causas concretas ligadas tanto al modo de producción como a las (super)estructuras que lo acompañaban.

De esa dictadura se supone que aprendimos. Se supone que entendimos que había cosas que no daban para más. Que no había que repetir. Que no, no, NO.

Después de la dictadura investigamos como sociedad, se juntaron testimonios de supervivientes, se enjuició a las juntas, se cayó en las leyes de la vergüenza y vaya si corrió agua debajo del puente.

Pero se suponía que habíamos entendido que había cosas que no íbamos a volver a permitir como sociedad.

"Le diré que frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo...está desaparecido.”

Así lo decía Videla, ¿se acuerdan? A quién no se le habrá helado la sangre escuchando el mayor cinismo y la imperdonable perversión de quien se sabe dueño de la vida y de la muerte de alguien. De su desaparición. De su status de incógnita y su no ser.

Entre tanta monstruosidad lo dijo bien clarito: para ellos los desaparecidos no tenían entidad. Pasaban a no ser, a no existir, a ser una incógnita. Lo que no decía, claro, es que la incógnita no era para los militares sino para la familia, porque los militares sabían muy bien que no eran una incógnita.

La gente no desaparece porque sí, no se evapora en el aire dejando tras de sí un rastro de polvo etéreo. No se convierte en un fantasma ni se esfuma de un segundo a otro. La gente no deja de tener entidad, de tener cuerpo, de ser.

En criollo: a Santiago no se lo tragó la tierra, en algún lado está. No perdió la corporeidad ni dejó de existir. Por eso, tiene que aparecer.

Hay testimonios de miembrxs de la comunidad donde estaba que afirman que lo cargaron en una camioneta de la Gendarmería y se lo llevaron. Otro testigo llamó al celular de Santiago y escuchó 22 segundos de ruido antes de que el teléfono se apagase para siempre. Se encontró ropa suya y alguna que otra pertenencia. Evidencias hay y más de una posible línea de investigación. Con todo eso, ¿me van a decir que el Estado no podría acelerar las cosas, teniendo en cuenta que una de sus fuerzas de seguridad es la principal acusada en la cuestión?

No queremos que Santiago pierda entidad y se convierta en una incógnita para su familia. Porque evidentemente, para quienes se lo llevaron, una incógnita no es.

Creí que no íbamos a vivir, como generación, la desgracia de saber que hay gente que no está, pero a la que ni siquiera le podés llevar una flor al cementerio porque ahí no está tampoco.

Creí que habíamos entendido, como sociedad, que había cosas que no había que repetir.

Lo terrible es que haya parte de nuestra comunidad que parece que todavía no aprendió esa lección. Y que encima tienen el monopolio del ejercicio de la violencia legítima y hacen uso abundante de él.

Santiago maldonado
Desaparecidos

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